lunes, 7 de noviembre de 2011

LA ABUELA -Relato-

Volviendo al ayer y en concreto a la abuela, sé como toda mi familia, que gracias a ella mi infancia no me convirtió en una menor con trágico y desdichado destino.
Sin ella mi cuerpo inerte podía haber sido portada en cualquier periódico o revista sensacionalista, ¡en el asfalto ante la entrada de mi casa, o colgado de la araña del salón de invitados, o con la pistola de papá en mi boca!... Quién sabe lo qué podía haber ocurrido, sin ella yo podía haberme convertido en una bomba de relojería con un único  destino: Explotar...Pero no fue así, y hoy una gran satisfacción me invade con los recuerdos, nuestros recuerdos...
Recuerdo el olor a café, el ambiente cargado de humo y los grandes éxitos de orquestas latinas sonando sin cesar... Todo acompañaba, la abuela disfrutaba enormemente, eran ésos momentos que todos necesitamos de vez en cuando y ella los disfrutaba, los saboreaba segundo a segundo con su nieta. Recuerdo que yo permanecía sentada en el sillón orejero (el favorito del abuelo) vestida con un traje de los “años locos” de la abuela; y en mi mano con un bolígrafo simulaba que era una señorita con mis piernas cruzadas, haciendo como que fumaba, la abuela con otro de sus vestidos bailaba alrededor de mí con su copa de brandy en la mano izquierda y con un rubio en su derecha... Recuerdo que no parábamos de reír, me gustaba verla bailar, ¡siempre lo ha hecho muy bien!... Podíamos permanecer un par de horas así, bailando, porque yo también me animaba a hacerlo... Ahora el “mambo” es uno de mis favoritos y lo bailo perfectamente. Una de ésas tardes probé por primera vez el café y aunque al principio no me gustó nada en absoluto, con el tiempo me he convertido en una consumidora de café muy exigente. Hubo alguna de aquellas tardes en las que la abuela lloró... Pero recuerdo que nunca dejó de bailar, bailaba, lloraba y sonreía al mismo tiempo, yo me acercaba a ella, me cogía sin perder el ritmo a su cintura y le decía: “No llores abuela, ¿por qué lloras?...” Ella sonriendo con sus mejillas ligeramente húmedas añadía: “Son lágrimas de contento cariño, la abuela es muy feliz...” Y luego cogía mis manos y bailando sin cesar decía: “Te quiero pequeña “... Para mí eran momentos de felicidad, mi interior rebosaba de alegría; ¡era una felicidad tremenda!... Lo que la abuela sentía por mí era amor de madre y como tal se portó conmigo desde el principio de mi vida y hasta el final de la suya... Yo la adoraba.
Después recogíamos todo y el gabinete volvía a su estado primitivo, abría la ventana para airear la estancia y me preparaba el baño... Llenaba la bañera con agua tibia y sales aromáticas (sólo ella sabía cuál era la temperatura ideal para bañarme, recuerdo que un día mamá lo intentó, pero una vez preparado el baño metí el pie en el agua y lo saqué corriendo, ¡aún siento el calor abrasador en la planta del pie!...). Entonces la abuela sacaba su cofre secreto y me leía cartas de amor de pretendientes y admiradores... Más adelante me leyó las miles de cartas de amor que el abuelo le había escrito durante toda su vida. Mientras, yo la escuchaba pasándome la esponja por mi cuerpo, así cogí el hábito del aseo personal que hoy casi me obsesiona. Eran tardes ineludibles, era todo como un ritual, un proceso imprescindible, una bella tradición de Domingo.

sK


                                                   
 

                                  

1 comentario:

  1. Qué pena no poder llegar a ser una de esas figuras, como la abuela de tu post y dejar esa huella (aunque quede limitada al "hábito del aseo personal" (jajaja)permanente en el tiempo en las personas queridas (bueno y en las otras)!!!

    Qué pena que esa figura de los abuelos se vaya perdiendo y esa de los padres esté tan descuidada y cotizando a "la baja" por nuestra "inquina" en pasar del presente buscando un futuro que igual ni llega...

    Qué pena... que brutos somos con lo inteligentes que nos creemos al no disfrutar de lo que tenemos ...

    ngp

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